En detalle

May 3rd, 2007

El underground filmado

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Piensa durante unos momentos en películas en las que aparezca el Metro de Madrid. Y repito: Metro de Madrid. Sí, ése que pisas a diario. No me valen persecuciones estadounidenses con trenes que descarrilan, ni cintas en las que los personajes se reúnen metro.jpgalrededor de una parada, como los bohemios de Ópera Prima o los gays de Cachorro en torno a Chueca. Me refiero a los viejísimos vagones de la 5 que había hasta hace muy poco y en los que parecía que los fluorescentes iban a fundirse en cualquier momento, a los interminables pasillos que cruzamos para cambiar de línea en Diego de León, o al montón de escaleras mecánicas que bajamos para coger la Circular. ¿Se les ocurre ya alguna? Estoy convencido de que tan sólo un par de nombres ó tres, a lo sumo. Porque el metro, ese medio de transporte del que dependemos completamente los que no podemos permitirnos otro en esta ciudad, apenas aparece en nuestro cine.
Para empezar, filmar en el Metro de Madrid es casi una carrera de obstáculos. Además del coste, hay que hacerlo de noche mientras permanece cerrado. Es decir, en seis horas escasas monta, coordina, repite tomas y desmonta a todo un equipo. De hecho, la performance que los actores de Noviembre hacían en uno de los vagones, se rodó en el de Bilbao. Y si no hay problemas de este tipo, los handicaps aparecen por otro lado. A Ramón Salazar, por ejemplo, no le dieron el visto bueno después de leer el guión de 20 centímetros porque la protagonista (una transexual operada que ejerció la prostitución) acababa sus días de mujer como taquillera. Los responsables de este organismo explicaban que daba una imagen mala. Al final, se acabaron por conceder los permisos pertinentes, aunque las secuencias se cayeron en la sala de montaje.
Narrativamente, cuando el Metro de Madrid ha aparecido en la gran pantalla ha sido casi siempre por necesidad. O bien para mover a los personajes de un sitio a otro, o porque se precisaba de una secuencia de diálogo en la que dar información al espectador. Quizá, la extrañeza más bella sea el paseo de los tres amigos de Barrio por la estación fantasma de Chamberí, donde descubrían una realidad aún mucho peor que la suya. No hay ninguna metro2.jpgpersecución al estilo de El tercer hombre por el entramado  de pasillos (si acaso ese amago de terror teen a la española, Más de mil cámaras velan por tu seguridad, que pasó con bastante más pena que gloria), ni despedidas de enamorados con su posterior carrera con el tren en marcha. Además, los números musicales prácticamente se reducen a Gabino Diego haciéndose el minusválido y tocando la guitarra en Los peores años de nuestra vida, y a una bizarrada en la que Manolo Escobar se declaraba a su amada (cantando, claro está) en pleno vagón.
Lo demás lo hemos vivido en forma de miraditas con una desconocida que te pone cachondo pero no eres capaz de acercarte, como en los personajes del corto El columpio, de Álvaro Fernández Armero; una conversación con el vecino de enfrente, como la de Lola Dueñas con Joan Dalmau en el también corto En camas separadas, de Javier Rebollo (que, por otro lado, está rodado en el Metro de Valencia); o la interrupción del servicio por culpa de un suicida, en la secuencia inicial de Tesis. Por cierto, tampoco es el metro, sino un cercanías, pero para los que vimos la peli fuera de Madrid, nos lo pareció. Eduardo Durán.

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